El papel del padre

Este es un fragmento del capítulo “El papel del padre” del libro Ensayando la paternidad.

El padre para castigar y la madre para tapar.
REFRANERO ESPAÑOL

El papel del padre

Si bien es un dicho que ha quedado algo desfasado, ya que, en principio, actualmente los padres y madres compartimos las faenas cotidianas y la crianza, antiguamente era el hombre quien solía aplicar la disciplina en los hogares.

Mi padre (murió de cáncer hace ya once años), como muchos otros de su generación, era un ejemplo de lo que significaba la posición del hombre progenitor: entendía la paternidad como la obligación de sustentar a la familia llevando dinero a casa, y como la potestad de instaurar la ley.

No tengo fotos ni la imagen mental de mi padre dándonos el biberón, cambiándonos pañales o en la hora del baño (hablo en plural porque tengo un hermano mellizo). Hace 35 o 40 años puede que no fuese la «norma». No digo que en sus momentos de descanso no jugara con nosotros o participase en la educación: nos compraba libros, asistía a las reuniones escolares y nos ponía deberes para mejorar la caligrafía y la ortografía. Sin embargo, no se ocupó especialmente de acompañarnos al médico, menos de nuestra alimentación y, en absoluto, de las labores domésticas.

Es cierto que, al ser bombero, tenía turnos de veinticuatro horas en el cuartel y estaba muchos días fuera de casa. Cuando regresaba, llegaba cansado de trabajar y algunas tardes se iba a socializar un rato al bar. A pesar de que no lo recuerde como un padre ausente (quizás porque cuando estaba físicamente su presencia era notoria), tampoco era un referente cercano, afectuoso o con quien se pudiera tener confianza.

Fue uno de aquellos autoritarios a los que la madre recurría para amedrentar a los niños: «¡Cuando venga tu padre…!», «¡Como tu padre se entere…!».

Por tanto, era el típico «cabeza de familia» cuya misión se basaba prácticamente en la provisión y manutención, la supervisión de los aspectos académicos y el control de nuestro comportamiento.

Por más que estuviera presente en esas facetas, aun así, «brillaba por su ausencia» en el plano emocional.

No obstante, soy consciente de varios aprendizajes y valores de su labor y dedicación como padre y hombre. Por ello, no lo culpo ni tengo nada que perdonarle, porque sé que, si bien podría haber ejercido una paternidad diferente, no supo hacerlo de otro modo.

Era su función y fue producto de lo que aprendió: hijo de madre soltera en una época en la que moralmente no era bien visto, criado sin modelos paternos ni el calor de una familia, y con una juventud marcada por la Legión como Boina Verde en el Sahara Occidental.

También es verdad que, cuando le tocó ser padre con 25 años, en 1980, eran otros tiempos.

El sistema laboral de entonces exigía una dedicación total que apenas tenía en cuenta las responsabilidades familiares del trabajador. Las políticas públicas de las diferentes administraciones ni siquiera reconocían permisos de paternidad. Al contrario, la construcción tradicional de la paternidad imponía al hombre el compromiso de emplearse más para traer más dinero a casa… Un hijo no siempre venía con el pan bajo el brazo.

Por su parte, la visión tradicional de las familias se basaba en que la figura paterna no importaba tanto como la de la madre. Si alguien debía no «figurar», mejor que fuera el padre.

Sí, probablemente con el devenir de los años fue calando la idea de que la presencia de ambos era igual de valiosa, pero su escasez se valoraba en distinto grado. Lo habitual era que las mujeres cuidaran de los niños y el hogar, mientras que ellos cumplían con su jornada y poco podían verlos.

Aunque la falta de la madre todavía se vive como una carencia relevante en el cuidado de la descendencia, la del padre, en el pasado, se aceptaba como una cosa completamente normal; estaba integrado en el rol masculino.

Muchos de los papás de ahora vemos a los del pasado, que proporcionaban sustento material sin sostén afectivo, como «analfabetos emocionales». No sabían, porque no se lo habían enseñado, a cómo mostrar amor explícitamente y, en especial a los hijos, más que con las hijas.

Se encargaban de mantener el «orden» en el entorno familiar mientras que todo lo relativo a los sentimientos y la crianza quedaba relegado al ámbito femenino y maternal.

De esta forma, durante generaciones, gran cantidad de hombres solo tuvimos de nuestros progenitores un prototipo que mostraba un estilo patriarcal tradicional y parcial que, actualmente, está desfasado: enseñaba a los hijos cómo actuar y hacer de una manera determinada, pero no los guiaba en el sentir ni en la expresión de los afectos.

Así pues, ¿cómo iban a tener conciencia los hombres de la importancia de su papel a través de la cercanía física, de las muestras de cariño y de los cuidados en el desarrollo del vínculo como padres con sus criaturas?

En ese sentido, un día leí una reflexión que resume muy bien esa errónea concepción:

«Un hombre trabaja mucho para que no le falte de nada a su hijo,
y lo que le falta, es el padre».

Este es un capítulo del libro Ensayando la paternidad: Reflexiones sobre lo que significa poder ser y estar en otra masculinidad y paternidad.

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